Se supone que cuando una persona muere, el alma tiene tres dias para hacer el tránsito de esta dimensión a la otra. Mejor dicho: hay un plazo limite para trastearse al otro lado.
Sin embargo, existen seres que no quieren abandonar este plano fisico y se quedan apegados a cualquier pertenencia, hechos o personas. Otros se quedan bloqueados. Quieren irse pero hay una energía que se los impide.
Dicen que puede ser el dolor y las lágrimas de los dolientes o la no aceptación de su muerte por parte de las personas que los quieren.
Hay seres que, en meditación, se dedican a la tarea de desbloquear estas almas, a hacerlas conscientes de su desencarnamiento, a guiarlas hacia el final del túnel para integrarse a la Luz porque dicen, también, que hay fallecidos que no se dan cuenta de que ya no están entre los vivos. O por lo menos, de que ya no están en esta dimensión fisica pues se supone que vivos si siguen estando pero en otro plano.
Ayer me enteré, por una emisión televisiva colombiana, de que existen animeros. Y nos presentaron uno, que vive en algun rincón de este extenso territorio patrio.
Nos cuenta el personaje en mención que su tarea es visitar el cementerio de noche portando un cirio encendido y haciendo sonar una campanita que lleva consigo para que todas las almas que aún vagan por este plano terrenal salgan de sus tumbas y se vayan en procesión detrás de él.
Se las lleva a dar una vuelta por el pueblo (no se para qué) y luego las acompaña de nuevo a su habitat. Todo éso en medio de padrenuestros para que estas almas errantes finalmente trasciendan y encuentren su camino a la Eternidad.
En el reportaje lo presentan con sus dos nietos, el mayor de los cuales no supera los 12 años y que manifiesta querer ser animero como su abuelo.
De hecho, los dos niños lo acompañan en sus recorridos nocturnos llevando también cirios encendidos y siguiendo a rajatabla la regla de oro del oficio: no mirar para atrás ni a los lados por ningun motivo so pena de caer fulminantemente muerto en el acto (recuerden que la curiosidad le costó a Sara quedar convertida en estatua de sal).
Mejor aguantarse las ganas de enterarse de todo y de averiguar de quienes son esos murmullos que los siguen por todo el camino.
Curiosa ocupación ésta de sacar las ánimas de sus tumbas para llevarlas a recorrer las calles oscuras y silenciosas del pueblo...quizá se trata del último paseo antes de despacharlas definitivamente para el otro lado.
Me parece que hay algo de medieval en el oficio voluntario de este moderno Caronte de a pie y con vestido de calle.
sábado, 31 de marzo de 2012
León o gacela? Qué más da!!!
"Cada mañana en Africa, una gacela se despierta y sabe que tiene que correr más rápido que el león o será cazada.

Cada mañana en Africa, un león se despierta y sabe que tiene que correr más rápido que la gacela o se morirá de hambre.

Cuando el sol se levanta, no tiene importancia que sea león o gacela: será mejor que empiece a correr"
"La señora que duerme solita en los espejos". Post dedicado a mis abuelos.
"La muerte es una señora pequeña que columpia su sombra bajo las matas del patio. No tiene voz, sus ojos son relámpagos en la casa de mis sueños.
Entra despacio, se quita el sombrero, su cabellera baja por todos los ríos. Nadie pensaría en tenerle miedo. Con sólo mirarla, el mundo es una caja de joyas en la soledad de la noche.
Desanda los pasillos de mi casa, juega al escondite, a la gallinita ciega, a la ronda, me da la mano. Ella es huésped amable, señora que danza y teje misteriosas memorias.
Jugábamos al muerto ¡Pum, Pum!. Tú disparabas y yo caía. Eso era fácil. Después me levantaba y seguía corriendo. Pero el abuelo no.
El día que murió el abuelo, mamá entró oscura, se sentó en la cama con los ojos lejos, estuvo un rato callada, muy callada. Le mostré mis manos. Le di un beso. Le canté al oído como cuando llueve.
El abuelo no se ha ido, lo tienen dormido en una caja respirando recuerdos, con los ojos cerrados para no ver que todos lloran. El abuelo debe estar triste, le tocó morirse antes que a nosotros.
Con los brazos cruzados sobre el pecho, se lo llevaron al parque. Dicen que tenía escondida una bolsa de caramelos, por eso va a estar siempre feliz. No lo dudo, el abuelo es feliz hasta en su propia muerte.
Me llevaron al cementerio para que comprendiera. Ahí tan sólo ví rectángulos de tierra y muchas flores. Abajo, hombres tan grandes como mi abuelo reposan con los ojos perdidos. La gente lloraba. Yo no lloraba. Yo me despedía de mi abuelo que se iba lejos.
Entender al abuelo es ver cómo renacen las rocas al borde de los ríos, cómo viajan las hormigas por caminos imposibles, cómo un pájaro llega a casa y se va sin despedirse.
Ni un animal, ni una sombra traga-niños. La muerte es una palabra con sombrero que de vez en cuando viene y nos obliga a despedirnos.
Es tonto asustarse. Ella viene solita a dormir en los espejos sin que nadie la nombre y eso de que es mala es pura mentira. Ella está ahí porque sí, porque sus manos acarician el mundo, porque las nubes se llenan de pájaros, porque la tierra es una ola que crece y abraza a la gente.
Cuando es tarde y la casa está a oscuras, escucho voces, muebles que se mudan de habitación. Tiemblo.....pero..... cuando pienso que la muerte es una señora con sombrero, mi respiración se hace suave y mis sueños comienzan a viajar"
Jacqueline Goldberg

Dedicado a mi abuelo paterno, un señor de origen japonés que murió en una Semana Santa de hace un montón de años y que era realmente mi abuelastro. Se casó con mi abuela paterna cuando mi papá (hijo único) era muy niño. Es el responsable de casi todos los miedos familiares que llevamos a cuestas: nos contaba historias de aparecidos, espantos y leyendas rurales que llenaban de miedo y terror nuestras noches infantiles.
De la mano con su recuerdo viven la madre-monte, el duende con su enorme y puntudo sombrero de alas, el cerdo que sale de la nada en la oscuridad y chilla al filo de la medianoche a falta de lobo estepario que aúlle a la luna en estas noches tropicales, el “bulto” (algo negro y sin forma, inmóvil, que veríamos si acaso nos daba por salir al patio de su casa cuando ya puertas y ventanas se hubiesen cerrado para el descanso nocturno de sus moradores). Sobra decir que ese montón de niñitos que éramos los hermanos hacíamos fila ante la letrina (sí, era una letrina) para aliviar nuestras necesidades antes de irnos a la cama cuando nuestros papás nos dejaban de un día para otro en casa de los abuelos.
Es el directamente responsable de una de mis fobias que aún en la adultez me ha sido difícil vencer: me decía que el cabello que se caía en los baños se convertía, al contacto con el agua, en culebras delgaditas…y como le tengo una aversión incontrolable a las serpientes y a todo lo que se arrastre, pues vivo recogiendo pelos del suelo del baño, de la ducha y de los lavamanos de mi casa, por si acaso el abuelo tuviese razón. No me he podido convencer de lo absurdo del planteamiento.
Dedicado también a mi abuelo materno, que era un señor alto, robusto, de ojos claros y apariencia extranjera aunque era más criollo que el sancocho valluno….Vestía siempre camisas de manga larga de color caqui. Se mantenía muy bien compuesto y atendía amablemente a sus clientes detrás de las vitrinas y mostradores de su tienda de abarrotes en el pequeño pueblo en el cual vivían él y sus hermanos con sus familias.
Quedó viudo de mi abuela materna cuando mi mamá, su única hija, apenas tenía 12 años y nunca más se volvió a casar aunque se le conoció una señora del pueblo cuyo hijo él adoptó con todas las de la ley.
Mi abuelo bajaba a Cali, a nuestra casa, algo así como una vez al mes y llegaba cargado con bolsas de caramelos, especialmente con unos que llamábamos “gusanitos” porque tenían esa forma. Eran mentolados y de colores, al igual que los cigarrillos de dulce que incluía también en los paquetes. Aún antes de saludarlo en forma empezábamos a saltar alrededor de él reclamándole las golosinas que nos traía de su tienda.
En la familia le recordamos como un señor muy recto, muy honesto, muy en su punto, que murió de un infarto fulminante cuando todavía éramos pequeños. Vivía solo en su casa del pueblo y supuestamente salió a la madrugada a hacer alguna necesidad en el wc (que en las casas de antes estaban situados al fondo del solar) cuando lo sorprendió la muerte. A primeras horas de la mañana lo encontró la señora que se ocupaba de la limpieza de su casa y de hacerle de comer.
Había llovido en la madrugada y el abuelo estaba tirado en el patio, cuan largo era, morado, muerto y emparamado.
Recuerdo una vez en que mi mamá, decidida a separarse de mi papá, aprovechó que él había salido a su trabajo, nos montó a todos con el equipaje básico en una camioneta grande que contrató y nos fuimos para el pueblo del abuelo, sin haberlo prevenido (hablamos de una época en que los medio de comunicación en la zona rural eran prácticamente inexistentes).
El buen señor casi se muere de espanto cuando vio llegar a su amada hija con unas cuantas maletas y ese montón de niñitos medio adormilados por dos horas de viaje en una mañana soleada.
Hizo que nos dieran almuerzo, descansamos apenas lo necesario y nos empacó de vuelta en el mismo vehículo alegando que el sitio de una mujer y de sus hijos era en su hogar, al lado de su esposo (fuera como fuera) y no en casa de su padre, detalle que mi papá toda la vida le ha agradecido y le sigue agradeciendo.
No olvidamos la noche en que mi papá nos reunió a todos en su cuarto y mientras mi mamá lloraba inconsolablemente, nos anunció que el abuelo había muerto y que al día siguiente debíamos prepararnos para ir al entierro. Si mal no recuerdo eso causó un alboroto porque sonó a paseo y a una oportunidad para faltar al colegio. Además el único entierro en el que habíamos estado en esa época era el de la tatarabuela María Antonia que murió a los 106 años, así que el asunto era más o menos novedoso.
La niña que fui, la que internamente sigo siendo, los echa mucho de menos a los dos, sigue estando muy triste por esa despedida obligada… yo también creo que a los abuelos los enterraron en unas cajas donde respiran recuerdos y donde ellos permanecen con los ojos cerrados para no vernos a todos llorando sus ausencias…
sábado, 17 de marzo de 2012
La familia perfecta. "I have a dream too"
Todas las relaciones humanas, imperfectas per se, plantean desafíos, retos, desilusiones. Pero son quizás las relaciones familiares las que más confrontan y provocan desencantos.
Entre más numerosos sus integrantes, más opciones y riesgos de rencillas y desencuentros.
Mi familia de origen es numerosísima: hermanos/as, cuñados/as, sobrinos/as de todos los tamaños, edades (desde los 6 a los mil años) y condiciones de carácter.
No se si me he vuelto sicorrígida (a pesar de mi profesión y al cabo de los años? No, no lo creo), que estoy o me siento muy vieja respecto a las nuevas generaciones, que me falta más asistencia y compromiso con mis grupos de meditación y crecimiento espiritual, que a veces me levanto con el pie izquierdo y las neuronas anestesiadas o simplemente que necesito dosis extras de tolerancia y aceptación por las diferencias pero… últimamente me siento aquejada de “intoxicación familiar”, al punto de que desearía desaparecerme por unos dos o tres meses. Alejarme del mundanal ruido en algún lamasterio, convento o sitio de retiro espiritual (de los cuales tengo varios localizados en España y Francia) y reaparecer cuando sienta síntomas inequívocos de abstinencia familiar o cuando me hagan llegar peticiones sinceras de “Vuelve a casa. Te extrañamos”. Firmadas por todos/as en pleno!!!
Por lo pronto me entretengo con juegos mentales: qué bueno sería que las familias fueran figuritas de porcelana que pudiéramos guardar en algún escaparate y poder decidir: “hoy domingo los saco de su encierro para que juguemos nuevamente a la familia perfecta compartiendo un sancocho trifásico (cerdo, gallina y res) en algún sitio campestre”; “hoy, día festivo por yo nunca se qué motivo, los coloco junto a una piscina o a la orilla de algún río para compartir juegos en el agua y ratos bajo el sol, como cocodrilos panza arriba”; “en estas vacaciones de Semana Santa, o de verano o de Navidad y Año Nuevo, los libero nuevamente para que juguemos a compartir risas, platos típicos, recuerdos de infancia, cuitas, triunfos, alegrías y derrotas”…

Y yo, moviendo los hilos, para que no haya peleas, ni desacuerdos, ni irreverencias ni nada que haga un tantico más difícil la convivencia y el compartir en grupo.
Siempre me ha parecido que más o menos así funciona este video en el cual actuamos todos: Alguien juega una partida en solitario en ese inmenso tablero que es el Planeta Tierra. Alguien quita y pone las figuritas, Alguien las hace avanzar o retroceder, Alguien provoca encuentros y lejanías.
Será realmente así esta vaina?
Entre más numerosos sus integrantes, más opciones y riesgos de rencillas y desencuentros.
Mi familia de origen es numerosísima: hermanos/as, cuñados/as, sobrinos/as de todos los tamaños, edades (desde los 6 a los mil años) y condiciones de carácter.
No se si me he vuelto sicorrígida (a pesar de mi profesión y al cabo de los años? No, no lo creo), que estoy o me siento muy vieja respecto a las nuevas generaciones, que me falta más asistencia y compromiso con mis grupos de meditación y crecimiento espiritual, que a veces me levanto con el pie izquierdo y las neuronas anestesiadas o simplemente que necesito dosis extras de tolerancia y aceptación por las diferencias pero… últimamente me siento aquejada de “intoxicación familiar”, al punto de que desearía desaparecerme por unos dos o tres meses. Alejarme del mundanal ruido en algún lamasterio, convento o sitio de retiro espiritual (de los cuales tengo varios localizados en España y Francia) y reaparecer cuando sienta síntomas inequívocos de abstinencia familiar o cuando me hagan llegar peticiones sinceras de “Vuelve a casa. Te extrañamos”. Firmadas por todos/as en pleno!!!
Por lo pronto me entretengo con juegos mentales: qué bueno sería que las familias fueran figuritas de porcelana que pudiéramos guardar en algún escaparate y poder decidir: “hoy domingo los saco de su encierro para que juguemos nuevamente a la familia perfecta compartiendo un sancocho trifásico (cerdo, gallina y res) en algún sitio campestre”; “hoy, día festivo por yo nunca se qué motivo, los coloco junto a una piscina o a la orilla de algún río para compartir juegos en el agua y ratos bajo el sol, como cocodrilos panza arriba”; “en estas vacaciones de Semana Santa, o de verano o de Navidad y Año Nuevo, los libero nuevamente para que juguemos a compartir risas, platos típicos, recuerdos de infancia, cuitas, triunfos, alegrías y derrotas”…

Y yo, moviendo los hilos, para que no haya peleas, ni desacuerdos, ni irreverencias ni nada que haga un tantico más difícil la convivencia y el compartir en grupo.
Siempre me ha parecido que más o menos así funciona este video en el cual actuamos todos: Alguien juega una partida en solitario en ese inmenso tablero que es el Planeta Tierra. Alguien quita y pone las figuritas, Alguien las hace avanzar o retroceder, Alguien provoca encuentros y lejanías.
Será realmente así esta vaina?
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