En varias ocasiones, en diferentes sitios y momentos, delante de algunas/muchas personas me he atrevido a confesar (eso si, muerta de miedo porque me miran mal) que no me gusta la Navidad.
Y que conste que no es que tenga recuerdos amargos de la época en ningún orfanato de esos de película de terror. Es que además, nunca estuve en orfanatos ni en internados.
Mi difunta madre padeció su educación en internados porque quedó huérfana de madre a los 9 años y su padre, nuestro bien recordado abuelo Francisco, no se sintió capaz de criarla estando solo y menos si algún día se le ocurría llevar otra esposa a casa de la difunta.
Pero bueno, no es el tema. Quizá lo traje a colación porque influenciada por tantos libros y películas juveniles donde las internas se lo pasaban de maravilla haciendo pilatuna y media, yo le rogué a mi mamá que convenciera a mi papá de internarme en un colegio de monjas, porque con ellas es que uno se divertía más haciéndoles mil bromas y desobedeciéndoles siempre a escondidas.
Los dormitorios colectivos me parecían lo más de los más.
Pero no, nunca pude convencerla. Que no, que no y que no. Para ella no fue nada agradable. (Deduzco... porque nunca habló detalladamente del tema)
En fin, que no fui tampoco (al menos en esta encarnación) una desgraciada niña abandonada en las puertas de un orfanato por padres desconocidos...
Mis navidades fueron de lo más normales. Con Niño Dios y todo que nos dejaba los regalos el 24 en la noche en la cama, a nuestros pies, mientras dormíamos. O sea que ningún trauma (identificado) con esta época.
Y entonces? nos preguntaremos todos. Porque yo también me lo pregunto, no crean que no.
Pienso que las razones para ser el Grinch de esta familia tropical son tan prosaicas que nunca harían las delicias de Freud ni de ninguno de sus discípulos.
Lo que más odio en la vida es la música (sobre todo salsa, reguetón, ritmos bailables y demases) a todo volúmen, en decibeles que superan y afectan mi umbral de audición.
Por odiar con todas mis fuerzas, odio también el calor. El calor me marchita, me irrita, me incomoda.
El estallido de la pólvora me pone histérica, despierta mis más bajos instintos de agresividad. Hay una clase de pólvora (los llamamos "volcanes") que es bonita, son puras luces de colores. Hasta ahí vamos bien. Pero claro, acá lo que gusta es el ruido, el bullicio, las explosiones, entre más fuertes mucho mejor.
Lo acostumbrado es cenar a la medianoche al tiempo que se le da la bienvenida a la Navidad. En Año Nuevo es peor, se cena después de abrazar y besar a todo el mundo y cumplir con ciertos rituales personales o colectivos (darle varias vueltas a la manzana con una maleta para asegurarse un año de viajes, etc, etc etc). Al míster le desespera comer tan tarde cuando nosotros, cual viejitos, estamos muertos de sueño y de cansancio pasadas las 9 de la noche. De no importa qué día.
La suscrita no puede tener ayunos largos por aquello de la diabetes asi que como algo a la hora que es pero luego desprecio la cena por tener ya el estómago satisfecho o me la despacho con las consecuencias del caso. A éso sumenle la rezongadera del míster por esa costumbre local tan #$%&%$# de cenar a la medianoche y pasar una madrugada con molestias estomacales y dificultad para conciliar el sueño (en su caso).
Y luego viene la rumba y el trago, los gritos de los borrachos vecinos, los pequeños de la familia dormidos en los sofás o en las camas del anfitrión y sus llantos al despertarlos para volver a casa...
He descubierto que a mi NO ES QUE NO ME GUSTE LA NAVIDAD. Lo que no me gusta es la manera de celebrarla por estos lados.
Yo, gracias a Dios, he tenido la suerte de vivir varias Navidades en Bélgica y esas fiestas en pleno invierno (haya o no haya nieve) son mi ideal navideño. También la manera tan sosegada y tranquila como se viven y se celebran, al menos así era en la familia del míster en aquellos años. Ahora no se si sea lo mismo.
Los tiempos cambian, la gente también.
La que no cambia ni tiene intenciones de cambiar soy yo. Sigo queriendo recrear esas navidades.
(Tengan en cuenta que por consideración no alargué más este post hablándoles de los trancones de tráfico, las multitudes en centros comerciales haciendo compras a última hora como es habitual en este país, los horarios de trabajo en esta época navideña en bancos y algunas instituciones públicas que retrasan y aplazan procedimientos que son urgentes. Y mejor no sigo. Ustedes no se lo merecen)
Con tanta cháchara escrita, casi que olvido desearles que hayan tenido unas Felices Fiestas Navideñas... aunque se que para María, una bloguera uruguaya que quiero mucho, probablemente no haya habido mucha cabida para el jolgorio y el festejo.
Fortaleza, querida... es tan fácil decirlo desde la barrera! Pero no encuentro nada más que decirte.
sábado, 26 de diciembre de 2015
lunes, 14 de diciembre de 2015
Sobre las infancias
He tenido siempre la incomprendida teoría de que por definición
las infancias felices no existen,no pueden existir.Es raro que existan.
Habrá algunas menos traumáticas que otras pero sabemos que
cuando un ser humano está en proceso de formación (o de "deformación"
como acostumbra a decir mi amigo William) sufre necesariamente
(necesariamente??) de represiones.Muchas de ellas no son perversas sino que
tienen que ver con el cuidado y la supervivencia para hablar de las más
elementales.
Se nos impide subirnos a la rama más alta del árbol porque
realmente se corre el peligro de que nos caigamos como fruta madura y que como
fruta madura quedemos estampillados en el suelo.Si no agonizantes al menos con algún hueso quebrado.
Se nos advierte que no permanezcamos bajo la lluvia porque nos
resfriamos o nos da pulmonía o no se que otras raras enfermedades
respiratorias.Que no metamos los pies en el barro porque además de volver una
miseria los zapatos nos salen "candelillas" en los pies (candelillas
le llaman acá a una infección resultante de meter los pies en aguas contaminadas).
Y asi como éstos, miles y miles de ejemplos donde nos han
castrado vivencialmente. Lo dicho: no todos responden a malas intenciones de los
padres, pueden ser normas elementales de cuidado.
Al respecto he de decir que cuando voy a la playa como estoy en
plan de vacaciones y de descomplique, pues uno de mis mayores placeres es caminar
bajo alguna lluvia tropical (pero sin tormenta eléctrica), sentir que se me moja
la ropa, el pelo y caminar descalza metiendo los pies en el agua tibia de los charcos.
Hasta ahora no han aparecido las candelillas en mi
vida. Ni en mis pies. Muy a pesar de lo que siempre nos advertía mi mamá. (Han
metido los pies descalzos en un charco de barro? Es delicioso sentir como se
hunden los pies y el barro se va colando entre los dedos hasta cubrirlos
completamente)
Los mandatos paternos son reglas de vida muy fuertes.Otra
anécdota curiosa es que alguna vez en una actividad de grupo en la cual se
trabajaba la sanación del Niño Interior la conductora nos puso a todos a
pasearnos arriba y abajo en el campo en medio de una llovizna pertinaz.Algunos rehusaron
hacerlo, otros lo hicieron a regañadientes. Creo que la única feliz era yo. Media
hora después todos estaban resfriados, envueltos en tibias cobijas de lana y
apurando sorbos de una bebida caliente.
Menos yo. Virginia, la conductora de la experiencia, me
preguntó en el ejercicio del compartir por qué creía que yo seguía allí
felizmente incontaminada en medio de tanto estornudo y moqueadera.
Dicen que dije (no fui consciente de ello) con voz de
niña."Es que mi mamá nunca me dijo que yo me resfriaría si caminaba bajo
la lluvia".
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