He tenido siempre la incomprendida teoría de que por definición
las infancias felices no existen,no pueden existir.Es raro que existan.
Habrá algunas menos traumáticas que otras pero sabemos que
cuando un ser humano está en proceso de formación (o de "deformación"
como acostumbra a decir mi amigo William) sufre necesariamente
(necesariamente??) de represiones.Muchas de ellas no son perversas sino que
tienen que ver con el cuidado y la supervivencia para hablar de las más
elementales.
Se nos impide subirnos a la rama más alta del árbol porque
realmente se corre el peligro de que nos caigamos como fruta madura y que como
fruta madura quedemos estampillados en el suelo.Si no agonizantes al menos con algún hueso quebrado.
Se nos advierte que no permanezcamos bajo la lluvia porque nos
resfriamos o nos da pulmonía o no se que otras raras enfermedades
respiratorias.Que no metamos los pies en el barro porque además de volver una
miseria los zapatos nos salen "candelillas" en los pies (candelillas
le llaman acá a una infección resultante de meter los pies en aguas contaminadas).
Y asi como éstos, miles y miles de ejemplos donde nos han
castrado vivencialmente. Lo dicho: no todos responden a malas intenciones de los
padres, pueden ser normas elementales de cuidado.
Al respecto he de decir que cuando voy a la playa como estoy en
plan de vacaciones y de descomplique, pues uno de mis mayores placeres es caminar
bajo alguna lluvia tropical (pero sin tormenta eléctrica), sentir que se me moja
la ropa, el pelo y caminar descalza metiendo los pies en el agua tibia de los charcos.
Hasta ahora no han aparecido las candelillas en mi
vida. Ni en mis pies. Muy a pesar de lo que siempre nos advertía mi mamá. (Han
metido los pies descalzos en un charco de barro? Es delicioso sentir como se
hunden los pies y el barro se va colando entre los dedos hasta cubrirlos
completamente)
Los mandatos paternos son reglas de vida muy fuertes.Otra
anécdota curiosa es que alguna vez en una actividad de grupo en la cual se
trabajaba la sanación del Niño Interior la conductora nos puso a todos a
pasearnos arriba y abajo en el campo en medio de una llovizna pertinaz.Algunos rehusaron
hacerlo, otros lo hicieron a regañadientes. Creo que la única feliz era yo. Media
hora después todos estaban resfriados, envueltos en tibias cobijas de lana y
apurando sorbos de una bebida caliente.
Menos yo. Virginia, la conductora de la experiencia, me
preguntó en el ejercicio del compartir por qué creía que yo seguía allí
felizmente incontaminada en medio de tanto estornudo y moqueadera.
Dicen que dije (no fui consciente de ello) con voz de
niña."Es que mi mamá nunca me dijo que yo me resfriaría si caminaba bajo
la lluvia".
Me encanta tu reflexión. Es cierto, la mayoria tenemos infancias frustradas. Son pocos los padres que entienden el equilibrio entre dar libertad, no castrar y educar o marcar los límites necesarios para un niño. Katharine Hepburn cuenta en su autobiografía cómo sus padres la dejaban, su madre la dejaba subirse a lo alto de un árbol y cuando una vecina la alertaba le decía: "shh, no grite que la asustará y se caerá" :)
ResponderEliminarBesos
Que buena entrada has hecho!!! Me encantó. Debo decir que entiendo a los padres y que si alguna vez tuviera hijos me gustaría poder permitirles cosas, pero también creo que eso es algo que nos metieron de niños, o sea supongo que si de niño no te dejan mojarte, de adulto harás lo mismo con tus hijos. Es complicado ser equilibrado.
ResponderEliminarBesos!!
Feliz Navidad. Besos
ResponderEliminarExcelente reflexión que abre mil interrogantes. Me encanta la psicología y esta clase de posts =D
ResponderEliminar¡Besotesss!