domingo, 3 de mayo de 2015

Ensoñaciones dominicales

No me gusta el mar. Es muy salado, me irrita los ojos, me deja el pelo pegajoso. En algunos sitios es traicionero: cuando uno menos se da cuenta ya las olas, suave y disimuladamente, lo han llevado bien lejos de la playa. Si hay corrientes ocultas, te arrastran mar adentro y chao candao, si te vi no me acuerdo. Lost. Uno más en la Twilight Zone.

Dicen que al mar “hay que tenerle respeto”. Yo no le tengo respeto, lo que le tengo es mucho miedo. Pánico. Pavor. Mi peor pesadilla es ser víctima de un naufragio. Quedar días y días a la deriva, sola, con la piel despellejada por el sol y la sal (linda pareja!!!!), muerta de sed y sin embargo con todo un océano a disposición, con el pelo vuelto una miseria. Presa de la angustia porque se que mi final no va a ser otro que el ahogamiento por más que nade, me aferre a algún improvisado elemento salvavidas, por más que otee el horizonte buscando (inútilmente) la presencia salvadora de un barco, un avión o cualquier esperanza de “Tierra a la vista!!!!!”

En algún momento vendrá un animal marino, posiblemente un tiburón de largos y afilados dientes, de mandíbula poderosa, que de un solo mordisco me arrebatará la vida y por tanto las esperanzas de sobrevivir.

Ni modos de quedarme tranquilita en la playa, llena de protector solar. La arena me fastidia, me da piquiña, más si se pega a la película aceitosa de bronceadores y protectores solares.
Se dieron cuenta de que no me gusta el mar, verdad? O lo explico otro poquito? Les cuento más?

Pero si me gusta el agua, me encanta. Los ríos son las venas del planeta, el agua es su sangre. No hay nada que me tranquilice más que el sonido del agua brincando entre las piedras o cayendo en forma de cataratas de poca, mediana o mucha altura. Agua dulce. Agua fresca.

Sin embargo, no hay río, ni riachuelo, ni arroyo, por más cantarinos que sean, que me hagan sentir tan feliz como los lagos.

Hoy, mi retiro virtual, mi casita tipo Heidi de los Alpes queda a orillas de un lago apacible, de aguas color azul turquesa sobre las que se cierne la neblina al anochecer o cuya superficie resplandece con los primeros rayos del sol al despuntar en el horizonte.

Mejor lo dejo aquí. Si mis hijas, las Grandes Duquesas de mis amores, me leyeran seguro que me preguntarían  a coro y con sonido estéreo:  “Ma, dormiste bien noche? Te  cayó mal el almuerzo?”

Lo que me cae mal, muy mal a veces, es la realidad. Y la rutina.





3 comentarios:

  1. Que fotos más hermosas!! Yo también odio la arena que se pega toda, cuando veo gente "empanarse" me da mucho asco. La sal del mar es bastante molesta, la piel queda como tirante y arde. Las casa de las fotos son de ensueño. Besos!

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    Respuestas
    1. Si!!!! Vale la pena gastar domingos e imaginación con semejantes paisajes, verdad?
      Por lo de la playa y el mar... como casi todo el mundo se muere por ese tipo de vacaciones pensé que la única "anormal" era yo.
      :D :D :D :D
      Abracitos

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    2. Mi marido y yo somos dos "anormales" más a tu lista. Ambos odiamos la arena, la playa nos gusta pero ni bien nos bañamos en el mar corremos a enjuagarnos la sal a las duchas o nos llevamos agua dulce para enguajar, no soporto la piel con sal mucho tiempo, me duele, pica, arde y ni hablar de ponerme ropa encima!
      Mi marido dice que la playa ideal sería de césped. Ya ves hay más "loquitos" por el mundo jajajjaja

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Gracias a quienes han pasado a visitarme en Mi Jardin Secreto para leerme y dejar sus huellitas