Cuando algún libro, nuevo o viejo, llega a mi poder,
establezco con él un contacto sensorial antes de proceder a sumergirme entre
sus páginas.
Acaricio sus tapas y la contextura de sus hojas. Lo abro y
huelo su interior En los libros nuevos me encanta el olor a tinta casi fresca.
Los viejos (hablo de libros) me producen estornudos pero no puedo resistirme al
ritual, que en cualquiera de los dos casos me resulta placentero e
imprescindible.
El siguiente paso es leer las primeras y las últimas líneas
y dónde y cuándo fue impreso. La manera como empieza y finaliza la historia me
da una idea acertada de lo que voy a encontrar entre el inicio y el final.
Podría jactarme de que pocas veces me he equivocado al adelantarme a deliciosos
intermedios.
Ahí empieza el ligue con el libro. Lo siguiente es gozar de
todas esas palabras cosidas por el autor a punta de pluma o a golpe de teclado
para ofrecernos una deliciosa aventura literaria.
(Lo de explorar el párrafo inicial y el final de los libros lo sigo haciendo aún con las versiones digitales de los mismos...pero sigo extrañando el olor a papel nuevo o viejo, a tinta fresca.
Extraño el color amarillento de sus hojas y a veces las manchas marrones en los bordes de las páginas de los libros viejos que encontraba en las bibliotecas de mis mayores.
(Entre otros las obras de Miguel Zévaco y sus novelas de capa y espada. Recuerdo con especial emoción su obra Nostradamus.)
No se me ocurriria leer el final antes de empezar un libro!!! prefiero la intriga..
ResponderEliminarLos libros en papel tienen algo especial..
buen finde