lunes, 21 de noviembre de 2011

"La Madre de todas las ciudades"

Conozco de memoria y al dedillo todos o mejor dicho, casi todos los rincones de Praga, la ciudad dorada, la de las cien torres.


He caminado mil veces durante varias semanas, día y noche, por las callejuelas empedradas de la Ciudad Vieja; he atravesado en verano y en invierno el puente de Carlos, el más famoso y el más bello de los 17 que hay en Praga y desde allí he contemplado el paso de las aguas caudalosas del Moldava que atraviesa la ciudad dividiéndola de sur a norte y el Castillo de Praga iluminado en las noches.


He recorrido con el corazón encogido de dolor el antiguo guetto de Josefov (el mayor de Europa Central ) donde es imposible no recordar los progroms, he visitado la Vieja y Nueva Sinagoga (única en el mundo donde se canta dos veces el Salmo 92 y en cuyo ático dicen que está guardado el ataúd con los restos del Golem de Praga) y el antiguo cementerio judío cuyas 12.000 lápidas se yerguen inclinadas unas sobre otras en montonera.


He asistido a obras de Teatro Negro y a conciertos de Smetana; me he fotografiado frente a la casa azul de fachada angosta donde vivió Kafka en la que era la calle de los alquimistas en la época medieval; he almorzado en uno de los tantos barcos que ofrecen cruceros cortos por el Moldava; he ido en las tardes a buscar tranquilidad y hasta inspiración en el Parque de Chotek e incluso me he escapado unas horas a Terezín, donde me he horrorizado una vez más (y no será la última!) recorriendo el Museo y el crematorio.


Desde la Torre del Ayuntamiento ( luego de admirar su reloj astronómico del Siglo XV) he contemplado esa maravilla arquitectónica que son los hermosísimos tejados de la capital checa.


Sentada en el café Slavia, apurando una bebida caliente y viendo pasar los transeúntes he imaginado, solamente imaginado, entre sorbo y sorbo, un otoño en Praga...podría mi mente concebir espectáculo natural más hermoso y sensorialmente conmovedor?


He derramado mil lágrimas, ahogada por el aturdimiento que tal belleza ha causado en mis sentidos, tal como le sucediera a Stendhal ante la visión de la Basílica de Santa Cruz, en Florencia.

En la Plaza de Wenceslao y en la de la Ciudad Vieja he disfrutado de los mercadillos de Navidad, de su colorido, de su música y de sus luces, a pesar de la lluvia en unas ocasiones y de la nieve en otras.

Se me han ido las horas nocturnas contemplando artesanías navideñas, adornos propios de la época decembrina, guirnaldas y otras decoraciones para el arbolito de Navidad y los pesebres, artículos de regalo elaborados en Cristal de Bohemia, campanas doradas, ángeles de cerámica y juguetes tallados en madera.

Me ha embriagado el olor a vino caliente con clavos, canela y limón, a castañas asadas, a mazorcas de maíz, a pastelillos navideños de nueces, a pan de jengibre, a salchichas y chorizos asados, todo ello mezclado con la fragancia de las velas aromáticas artesanales.

Me ha tocado (sí, me ha tocado, no es mi ocupación favorita) recorrer tiendas de moda buscando los mejores precios y algunos saldos de temporada. Pero no le dedico mucho tiempo al asunto porque aprovecho cualquier oportunidad para escaparme a alguna tienda de libros antiguos donde si me siento a mis anchas y me muevo como pez en el agua, con la secreta esperanza de descubrir algún tesoro literario de páginas amarillentas y raídas pastas de cuero…probablemente un libro que ya me ha pertenecido.

No, no he ido a Praga...No todavía en esta encarnación. Pero últimamente me he pasado muchas horas de mi vida buscando en la red restaurantes donde aliviar el hambre y bares donde apagar la sed y las ganas de beber un vaso de buena cerveza checa; hotelitos familiares limpios, céntricos, bonitos y baratos y todas las posibles maneras económicas de llegar a la ciudad y moverse por ella con tranquilidad.


Mis dos hijas y otras dos amigas quieren viajar en Navidad a Praga. Y desde acá, desde el otro lado del Atlántico, hay una mamá que es una viajera empedernida (real o virtualmente) y que adora desde siempre, desde donde le alcanza su memoria ancestral, esta ciudad de tradiciones, de leyendas y de fantasmas que dizque recorren la ciudad de noche, escondidos en las penumbras...mis queridos fantasmas que, tristemente prisioneros de añoranzas y nostalgias, se resisten a abandonar las callejuelas del Barrio Viejo y otros sitios que siempre nos han sido tan amados.
Es un viaje que al final de cuentas no sabemos si ellas lo hagan o no porque estas muchachitas cambian de opinión como de calzones.


Igual para mi ha sido un placer ayudarles a organizar este viaje...que les contaré con más pelos y señales cuando se llegue el día del reencuentro con mi añorada ciudad checa (porque les aseguro que ya he vivido, amado, sufrido y muerto allí).




(La leyenda cuenta que el Golem de Praga, era una escultura sin vida hecha en barro, a quien el agua, el fuego, el aire y la tierra le prestaban fuerza y vitalidad para convertirse en protector del guetto ante los ataques antisemitas pero que luego se tornó en un ser incontrolable y destructivo, razón por la cual su creador, el Rabino Judah Low ben Bezalel, vióse en la necesidad de destruirlo)

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