lunes, 17 de octubre de 2011

Memorias medievales en una tarde lluviosa y fria en el trópico

En los largos días estivales y en los más cortos, de invierno, tejo, bordo, leo, escribo poemas con mi pluma de ganso, me paseo por mis jardines estilo inglés con mis damas de compañía y ocasionalmente ensayo recetas de cocina bajo la cuidadosa supervisión de mi servidumbre, siempre temerosa de que me queme, me corte o eche a perder mis vestidos de raso y seda.
Al atardecer, sin importar la estación, tomo lecciones de canto y de arpa celta, de danzas de salón.
En la noche, cuando se encienden faroles y antorchas en las estancias del castillo y es tiempo de tertulias, bebo champagne helado en copas de cristal veneciano, discuto con los literatos e intelectuales más reputados de la época y ... bailo.

Soy la que mejor y más bailo con mis invitados en los amplios salones de mi castillo, con espejos en las paredes y lámparas de cristal de Bohemia en los altos techos.

Bailo para que me vea y se regocije mi señor, que preside la mesa de honor rodeado de sus caballeros, sus escuderos, sus espadachines, sus alabarderos, sus nobles y todos los fieles señores de su feudo.
Mi señor me mira...me mira larga y profundamente mientras yo danzo y él bebe el vino de mis cavas en su copa de oro...danzo haciendo giros y giros por todo el salón riendo, feliz y coqueta.

Al filo de la medianoche recogen su escudo, su espada, le ayudan a ponerse su armadura y con otra mirada preñada de sucios deseos y cargada de promesas, sin que medie ni siquiera una palabra entre los dos, mi señor se va. Se va en medio del ruido que hace su armadura al caminar, en medio de los relinchos impacientes de su cabalgadura y el ritmico sonido de los cascos de todos los caballos sobre los caminos de piedra.

Le espera en su castillo y en el lecho real su reina, que probablemente sea más linda y tenga más poder que yo pero que no es su Favorita.
Para mí, la favorita, la puta del Rey, habrá otras noches de mimos, de amor salvaje y cogidas a lo puro animal, sobre un lecho muy amplio, muy mullido y con doseles o contra los espesos muros de piedra cubiertos con gruesos tapices y gobelinos, en una habitación tibia y en penumbras.

Qué nos importan reinas, princesas, doncellas si en el reino nadie sabe amarlo como lo amo yo, si es en mis brazos y contra mi cuerpo que pierde los sentidos y se abandona a todos los placeres...

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