sábado, 14 de julio de 2012

De Bélgica llegó un avión trayéndonos...

* una sobrina (Fanny) a la cual hacía 10 años que no veíamos físicamente, que está muy alta, muy espigada, muy bonita, que sonríe constantemente, que está encantada con lo que ha podido ver de la gente y de los paisajes en este país tan vilipendiado aún por nosotros, los mismos colombianos;

* tabletas de chocolate Côte d'Or. Puro, en leche, con almendras, a la naranja. Exquisito chocolate belga;

* potes de mermelada de myrtilles;

* mazapán, que a ninguna de nosotras nos gusta, entonces éso le asegura a mi esposo la exclusividad absoluta para su paladar;

* fotos. Albumes que pertenecían a mis difuntos suegros. Historia familiar hasta de dos generaciones anteriores plasmada en papel.

Uno de ellos es pequeño, rectangular, con las tapas forradas en puro cuero repujado. Una verdadera joya desde el exterior mismo aunque el cuero está ya desgastado.



Pero el verdadero tesoro está adentro. Cartulinas rectangulares pegadas con esquineros a hojas gruesas y negras protegidas con un papelillo transparente. Cartulinas sobre las cuales el fotógrafo consiguió aprisionar gestos, figuras, paisajes, decorados, momentos.

Un álbum de "los de antes". De cuando las fotografías podíamos despegarlas, acercarlas a los ojos, examinarlas de todas las maneras posibles, alejarnos a algún rincón para observarlas a nuestras anchas, incluso besarlas si la nostalgia era mucha.

Fotografías de seres queridos ausentes. A unos, la distancia geográfica los mantiene físicamente alejados. Otros han partido ya en ese viaje sin retorno y entre las tapas del álbum han quedado congeladas sus sonrisas, sus miradas. Algun momento feliz vividos por ellos y con ellos.



Hay retazos de niñez, de adolescencia, de adultez temprana; de felices vacaciones en el mar, en la montaña, en una casita de campo en los Balcanes; de momentos significativos en el estudio de un fotógrafo en Bruselas, en un campamento militar de la Legión Extranjera, en Arjanguelsk (ciudad natal de mi suegro, cerca del Mar Blanco), en Sofía, en Bruselas en una de las tantas y tantas Navidades belgas vividas con y sin nieve.


Escenas domésticas con la chimenea de fondo: los cuadros en sus marcos dorados, la vajilla de porcelana de Delft guardada y a la vez exhibida en el aparador, las cortinillas de encaje de Brujas cubriendo a medias las ventanas de vidrios opacos; el tío Paul (ahora bordeando los 80 años) a los 5 en un caballito de madera y en un triciclo de un modelo que ya ni se ve ni se consigue; la abuela Denise, tambien de niña, con su cabello siempre tan negro y lustroso,acunando en sus brazos una muñeca; los abuelos de mi esposo (bisabuelos de mis hijas) muy serios y circunspectos en la boda de mis suegros; mi esposo a los 4 años, con una sonrisa de dientes menuditos, disfrazado de campesino tirolés (cuando debieron haberlo vestido de cosaco, de mongol, de bolchevique o en su defecto de toreador o gitano andaluz, dados los pretendidos orígenes españoles de mi suegra).




La tía Elizabeth, con los mismos hermosos ojos azules de mi Nathalie, con su cabello castaño flotando, enredado, al viento de Knocke le Zut, con su sonrisa que es la misma que ilumina las caras de mi esposo y nuestras hijas...Elizabeth, con sus eternos 18 años... los que tenía cuando murió en un accidente de moto. La eterna juventud de los muertos, que nunca tendrán más años que los que tenían en su última fotografía.


Un mundo en blanco y negro, sin colores que distraigan la atención del que observa. Rectángulos de papel fotográfico donde está contenida también la historia de mis dos niñas.

Ahora se que descienden de ese señor con barbas de chivo que aparece mirando por un microscopio y que dizque fue un científico en cuyo honor hasta se creó una beca en una universidad belga y de esa señora vestida rigurosamente de negro sin que sepamos por qué y que mira fijamente al fotógrafo sin que una media sonrisa se le dibuje en el rostro.




Fantasmas, fantasmas, fantasmas. Fantasmas en blanco y negro. Fantasmas en sepia. Fantasmas en colores desvaídos, casi desdibujados por la mano implacable del Padre Tiempo.

Fantasmas de seres por siempre bienamados: Baboushka (de quien muy pocos recuerdan que se llamaba Vera), una bonita señora venida a menos que tuvo que salir huyendo de su Rusia natal a causa de la Revolución con sus dos hijos pequeños, uno de ellos el abuelo Nicolás; la abuela Denise, tan simple, tan tierna, tan elemental; el tío Alexandre (padre de Fanny) una mente brillante, muerto de un cáncer de vías biliares en una edad intelectualmente muy productiva.

Habrán quedado sus almas atrapadas en ese papel de fotografía? Nos miran cuando los miramos? Oyen nuestras risas o se entristecen con nuestras lágrimas cuando evocamos los momentos antes, durante y después de que el fotógrafo inmortalizara ese breve instante?

Mis queridos e inolvidables difuntos. Ustedes siempre tan muertos y tan vivos.


(Fotos de fotos porque me dió pereza escanear)

4 comentarios:

  1. gracias por compartir, muy interesante todo.

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  2. ¡que tesoro! si la memoria miente, las fotos no! que maravilloso tener esas fotos y como dices acariciarlas como si se acariciara el rostro de la persona amada. Que hermosas palabras y que hermosos recuerdos...

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  3. Negra, Mel, Lily...por acá decimos que "recordar es vivir" y para mi ése es el valor de las fotografías: momentos y personas congelados en el tiempo.
    Qué gran invento para ayudarle a la memoria a no olvidar!
    Gracias a todas por su visita y sus comentarios.

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Gracias a quienes han pasado a visitarme en Mi Jardin Secreto para leerme y dejar sus huellitas