sábado, 20 de octubre de 2012

Un responso para doña Olga



Láquesis, (la que asigna el destino), midió con su varita inflexible y con precisión milimétrica, la longitud del hilo otrora blanco, en algunas ocasiones de un color negro profundo y ahora de un tono grisáceo ceniciento por cuenta de los altibajos, los dolores mal asumidos y las duras pruebas de la vida terrenal de los mortales. Setenta y dos años. Ni un día más ni un día menos. Los justos. Los que debían vivirse antes de que las circunstancias personales y los asuntos de salud empeorasen aún más.

Cloto, (la que hila), detuvo su huso, sin ningún amago de reproche o rebeldía. La señal era inequívoca. La orden estaba dada. Así, sin palabras. Con sólo un gesto.

Átropos, (la inflexible), se levantó presta y el ruido de su túnica oscura al rozar el suelo de piedra cuando avanzó hacia las dos mujeres, dispuesta a cumplir su tarea, rompió el silencio de la gruta sumida en penumbras. Sin piedad, o quizá por éso mismo, Atropos cortó el hilo con sus tijeritas de oro y sin remordimientos volvió a ocupar su sitio.

Una brisa fría atravesó el recinto e hizo temblar las lenguas de fuego de las lámparas de aceite.

En el mundo de los humanos, doña Olga "entregó su alma al Creador" y "descansó en la paz del Señor", como tan bellamente se acostumbra informarlo en nuestros obituarios locales.

Doña Olga era la suegra de uno de mis tantísimos hermanos. Lo fue durante los últimos 24 años de su vida y a pesar de nuestra diferencia de edades, en los últimos tiempos entre ella y yo se había tejido una sólida relación de amistad, que ahora las moiras habían decidido que era hora de terminar.

Me duele su partida. Me duele hondamente. Me duelen los dolores que se llevó a su tumba sin haberlos podido resolver. Dolores del alma porque físicos no alcanzó a tener a pesar del cáncer gástrico que precipitó su partida. Quizá lo de Atropos fue una decisión piadosa porque dado su diagnóstico, no le esperaban buenos días.

El domingo pasado, a media mañana, fue el entierro de doña Olga después de un servicio fúnebre con fondo musical de violines. Sobre el féretro, sus hermanas habían colocado un enorme y precioso arreglo de rosas en tonos salmón.

La mañana estaba soleada pero fresca cuando sus sobrinos sacaron a hombros el ataúd por la misma puerta lateral por la cual, hace ya 18 años, mi padre y mis hermanos sacaron el féretro de mi hermano asesinado, para acompañarlo hasta su última morada.

Todo, todo fue igual. El ritual, el mismo: los dolientes marchando detrás, con ramos de flores, pañuelos, gafas oscuras. Silencio total roto solamente de vez en cuando por las oraciones fúnebres, que todos rezan entre murmullos. Cantos de aves matutinas. La brisa que hace mover las hojas de los árboles. El ruido de las pisadas sobre el cemento caliente. Las poleas y las cadenas que rechinan cuando los sepultureros descienden el ataúd a la fosa. El silencio espeso que se instala entre los asistentes. Los sollozos apenas contenidos. La lluvia de flores sobre la caja mortuoria antes de que empiecen a caer las paladas de tierra oscura y seca. El dolor de la pérdida. El miedo a la muerte. Los duelos viejos que vuelven a actualizarse. Los fantasmas de nuestros muertos que regresan porque no hemos sido capaces de despedirlos definitivamente. Porque continuamos aferrándonos a sus túnicas blancas. Porque los mantenemos envueltos en sudarios hechos de recuerdos y tejidos con los finos hilos de la añoranza. Esos difuntos que quizá tampoco quieran irse porque sienten nostalgia de nuestros afectos, de nuestra tibieza, de nuestros cálidos abrazos, de nuestras palabras de amor.

Una mirada distraida a los alrededores pone en el primer plano de la atención, otras tumbas llenas de flores frescas, recién puestas o de flores marchitas, achicharradas bajo el sol inclemente del trópico. Se leen declaraciones de un amor que traspasa las barreras del más allá. Angeles blancos lloran lágrimas de mármol al pie de las lápidas, escondiendo sus rostros entre sus enormes alas plegadas.

"Por entre las tumbas sopla el viento, pronto llegará la libertad,
y saldremos de estas sombras, estas auténticas sombras..."
(Leonard Cohen, The partisan)


Hay fosas que esperan abiertas. Para cual de nosotros? Y sobre todo, para cuándo?

Han reformado el enorme camposanto. Han levantado nuevos muros, más altos.

Para qué? Si los que están adentro no pueden salir y los que aún estamos afuera no queremos entrar...

6 comentarios:

  1. que triste es cuando muere alguien y más cuando es un ser querido. pero como dices, de seguro fue por algo, por que el cáncer es un desgraciado y mejor morir en paz que entre dolores y eso ya no es vida... mi pésame.

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  2. el dolor de la pérdida de un amigo muy cercano, es similar al de un hermano.
    Me ha gustado mucho la forma que has descrito todo, lo has contado de una manera que parece que estamos ahí al leerlo,escribes muy bien Madreselva
    Un abrazo de consuelo

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  3. Madreselva por favor recibe mis sinceras condolencias, celebremos sus recuerdos. saludos

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  4. Negra: a veces la muerte a tiempo (antes de que empiece el sufrimiento) es el más grande acto de misericordia de la vida.
    Abrazos

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  5. María, gracias por tu abrazo de consuelo y por tu reconocimiento a mi forma de escribir...es un acto que me encanta y te cuento que las situaciones tristes son las que más me inspiran...curioso,no?
    Abrazos

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  6. Mel: los recuerdos de los momentos vividos con aquel ser que se va antes que nosotros es lo único que la muerte no puede destruir.
    Gracias por tu apoyo.

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