Acabo de despedirme de Stella Müller y de sus crueles e inhumanas experiencias en el guetto de Cracovia, en el campo de Plaszow y en el de Auschwitz, de donde salieron ella, sus padres y su hermano Adam hacia Brünnlitz, para trabajar en la fábrica de municiones de Oskar Schindler hasta que fueron finalmente liberados por el Ejército Ruso (mi difunto suegro me pidió una vez que cuando escribiera "Ejército Ruso" lo hiciera con mayúsculas).
Me poseen los personajes de los libros y mientras dura la lectura me apropio de sus circunstancias personales aunque éstas hayan sido increible y extremadamente duras.
Leo y mentalmente voy filmando la película, en esta ocasión en blanco y negro como lo amerita la situación.
Yo soy Tiusa (Berta Müller) y mis dos hijas son Stella. Las bestias inhumanas nos ladran órdenes en alemán y están intentando separarnos para llevarnos a cada una a sitios diferentes y desconocidos, a un destino incierto pero casi predecible.
Cuando nos sacan para el conteo diario de prisioneros nos gritan "Raus!" con voces diferentes pero con el mismo tono autoritario, fuerte y furioso de Herr Stangl, Frau Hanke, Herr Braun, Tante Margot o cualquier otro profesor en nuestro Deutsche Schule.
Soy una de las tantas madres a cuyas faldas largas, sucias y desgarradas, se aferran sus hijos pequeños llorando de miedo y pidiendo ayuda a gritos antes de que caigan sobre ellos los culatazos inmisericordes de los kapos o los tiros de gracia (paradójicamente bienvenidos) de las bestias nazis.
Soy igualmente la madre impotente que llora, que suplica de rodillas que no la separen de sus criaturas y que por toda respuesta obtiene burlas y golpes. No me asesinan porque matarme no es el objetivo principal del juego aunque finalmente sea ése el desenlace. No, primero quieren satisfacer sus crueles instintos humillándome, maltratándome, despojándome de mi condición humana, haciéndome sentir como una escoria.
También yo escondo mis míseras raciones diarias de sopa sin sabor y el mendrugo de pan seco para mis dos criaturas, bien sea porque he logrado conservarlas conmigo o porque aún abrigo la esperanza de que de alguna manera les haré llegar a sus barracas estas magras provisiones ahorradas con tanto amor y sacrificio.
Al salir de mi sucia barraca llena de piojos, chinches y malos olores corporales me encuentro de frente con una pila de cadáveres esqueléticos a la espera de ser recogidos y cremados mientras los devoran ratas grandes y gordas ante mis ojos espantados de niña de escasos e infantiles 15 años.
Asisto, con el corazón saltando de alegría y de emoción en mi pecho, a la liberación oficial del campo de Brünnlitz, donde estaba la fábrica de Oskar Schindler... encuentro apoteósica la entrada de los soldados rusos aquella soleada mañana primaveral del 8 de Mayo de 1945.
Llegaron celebrando la capitulación de Alemania con gritos de júbilo, cantos en su idioma eslavo, bailes y disparos al aire... pero Stella y yo estamos tan cansadas y abatidas que no logramos sentir la alegría que debíamos.
Tenemos miedo de ser libres, de salir y enfrentarnos nuevamente a la realidad porque no sabemos qué ni a quienes vamos a encontrar de nuestro mundo anterior.
Volver a Cracovia... para qué? Seremos capaces de vivir nuevamente allí entre ruinas y fantasmas? Quienes nos esperan vivos y quienes nos esperan muertos?
Siento, como Adam, el hermano de Stella, que volveré a ser un persona normal y feliz - normalmente feliz, felizmente normal- solo desde el primer día en que pise nuevamente las calles de Cracovia, en mi amada y santa tierra polaca, y devore una enorme barra de pan crujiente recién salido del horno, untado de auténtica mantequilla hecha en casa, que se desbordará por los lados.
Y nuestros verdugos? Donde estarán ahora estos monstruos insensibles? Vagarán sus almas en pena por lo que aún se conserva de los campos de concentración y exterminio? Estarán condenados, como el Judío Errante, a caminar solos y sin descanso toda la eternidad, sin llegar a ninguna parte?
O se asan a fuego lento en las llamas eternas del Infierno? Serán capaces de soportar nuevamente el olor a carne humana chamuscada? Les dolerá el cuerpo cuando los demonios al mando de Satanás les entierren sus tridentes por todas partes? Sentirán siquiera una mínima parte del dolor que sintieron sus pobres víctimas cuando ellos les propinaban con o sin motivo latigazos, puños, patadas, golpes con las culatas de sus armas? Se mueren de sed y de hambre sin que ninguno de esos seres maléficos se apiade de ellos o les tire a la cara el café helado, la horrible sopa nauseabunda y un poco de agua sucia, en medio de burlas e insultos?
Para estos pseudohumanos será suficiente la Eternidad inmersos en calderas de aceite hirviendo en medio de efluvios azufrados para que paguen su culpa y expien sus crímenes?
Satanás, en su infinita maldad, sabrá que hacer con ellos y deseo que tampoco tenga ni un mísero ápice de piedad....o es probable que si la tenga...a fin de cuentas ellos son también de los suyos e hicieron bien el trabajo. Misión cumplida.

Así como hubo demonios y monstruos con y sin uniforme nazi durante el Holocausto, también hubo ángeles terrenales sin alas y uno de ellos fue Oskar Schindler, merecidamente reconocido y honrado como Justo de las Naciones.
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Justo de las Naciones es un título oficial otorgado por Yad Vashem en nombre del Estado de Israel y del pueblo judío a aquellos no judíos que arriesgaron sus vidas para salvarlos durante el Holocausto de manera altruista, sin buscar recompensa o compensación alguna por la ayuda prestada
Los actos de los "Justos" demuestran, a ojos del Yad Vashem, que fue posible la ayuda a pesar del aparato represivo del régimen nazi.
Estas personas reciben el título de "Justo entre las Naciones" o "Justo" que se les otorga, junto con otros privilegios, en nombre del Estado de Israel y del pueblo judío, en forma de un diploma certificado y de la denominada "Medalla de los Justos" en la cual, una inscripción remite a una frase del
Talmud que simboliza la fe en la Humanidad:
"Quien salva una vida, salva al Universo entero"
Justo homenaje, mi querida E.
ResponderEliminarque lindo lo has dicho. me dan ganas de leer ese libro
ResponderEliminarabrazos
A mi tambien me ocurre que despues de leer un libro particularmente conmovedor paso dias con una tristeza en el alma, hace poco me pasò con el libro The fault in our stars, de John Green que esta escrito desde la perspectiva de una chica con cancer terminal, como me recordò a todo lo que pasò mi hermana. Que sentimiento de vacio nos dejan los buenos libros! como el perder a perder a un buen amigo.
ResponderEliminarMaría: vale la pena hacerlo si te interesa el tema y contribuir educativamente a que horrores como ése no vuelvan a ocurrir.
ResponderEliminarSaludos
Vere: has descrito muy bien el proceso de desligarse de un buen libro y de una historia que nos ha cautivado.
ResponderEliminarLos dolores y las tristezas de pérdidas como la tuya y las mias nunca se van de nuestras vidas, ahí quedan como cicatrices que siempre duelen.
Abrazos